Mi mamá cumplía exactamente tres años y seis meses la madrugada en que la levantaron para que corriera a la barraca que quedaba en la esquina del patio de la casa. Doña Quintina, su mamá, (mi abuela) prendió a duras penas el quinqué pues ya los ventarrones se sentían suficientemente fuertes. El enorme palo de mangó del otro lado del patio aun no se veía, pero el sonido provocado por el viento en sus ramas parecía el de un dragón endemoniado. Fueron varias las horas en la oscura barraca en que solo se escuchaban los golpes de las planchas de zinc del techo de la casa aledaña sobrevolando como alfombras mágicas

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Mi mamá cumplía exactamente tres años y seis meses la madrugada en que la levantaron para que corriera a la barraca que quedaba en la esquina del patio de la casa. Doña Quintina, su mamá, (mi abuela) prendió a duras penas el quinqué pues ya los ventarrones se sentían suficientemente fuertes. El enorme palo de mangó del otro lado del patio aun no se veía, pero el sonido provocado por el viento en sus ramas parecía el de un dragón endemoniado. Fueron varias las horas en la oscura barraca en que solo se escuchaban los golpes de las planchas de zinc del techo de la casa aledaña sobrevolando como alfombras mágicas

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Posted in Silverio Pérez