¡Me botaron como bolsa!, (siempre hay una primera vez).

De mi reciente viaje a España ya les había contado de mi experiencia con grandes académicos, de mi reencuentro con los amigos que hice en el Camino de Santiago, de la experiencia de ver que ya el Viernes Negro se ha extendido a Europa, pero hubo cosas que con el éxito del libro La Vitrina Rota (que está casi agotado en menos de un mes y ya va para la segunda edición), y los compromisos familiares de Navidad, no había tenido el tiempo de contarles. Fue la primera vez que toqué guitarra en una especie de Café Teatro, en Madrid, llamado La Cripta Mágica, acompañando a la soprano española Mayca Teba. También fue la primera vez que penetré por las escaleras, laberintos y pasadizos secretos de la impresionante Catedral de Ávila, primera catedral gótica de España, incrustada en la muralla que rodea la ciudad, pero a una temperatura bajo cero que no me dejó gozarme del todo la experiencia. Pero también fue la primera vez en mi vida que me botan como bolsa de un sitio. Así pasó:

Habíamos salido Yéssica y yo de ver a Anaut, un extraordinario cantante de blues que se presentaba en el Café Central, en la Plaza de Santa Ana. Cerca del condo-hotel donde nos estábamos quedando, paramos en un puesto de pizza, de esos de 24 horas, y pedimos un pedazo para cada uno. Descubrimos sin mucho esfuerzo que quien nos atendía era venezolano. A la pregunta del “cómo llegaste aquí”, el hombre nos contó una de esas historias de verdadero arrojo, la aventura de los que se lanzan a los desconocido a sobrevivir a como dé lugar. No pude menos que decirle que su historia me conmovía y que no tenía dudas de que lograría ese éxito que buscaba. Le echamos bendiciones y nos fuimos.

Dos días después me levanté bien temprano a buscar dos cafés en una panadería cercana. ¡Estaba cerrada aún! El frío estaba pelú y yo iba más envuelto que un pastel de los que me comí en Navidad. Seguí calle arriba y di con la pizzería y ¡allí estaba el amigo venezolano! No me reconoció pues yo seguía abrigado hasta las orejas. Le pedí los dos cafés y si era posible que me los echara en un solo envase. Así lo hizo, pero en un vaso plástico. Cuando me lo fue a dar, parece que el plástico del vaso se esmongó con el calor y se le derramó el café en las manos. Como estaba bien caliente, tiró el vaso, y el café cayó encima de las pizzas que tenía al frente. Acto seguido echó un chorro de maldiciones. Cogió las pizzas con rabia y las tiró al zafacón. Limpió el café del mostrador con furia. Mapeó con ira el piso y cuando se estaba lavando las manos le dije, “amigo, no me des los cafés en un solo envase, me los llevo aparte para que no te pase esto”. Me miró con odio y me dijo: “yo no voy a hacer más cafés”. “Chico te entiendo”, le dije con voz suave, “no te preocupes, te pago también los cafés que se te derramaron”. “¿No oyó que no voy a hacer más cafés? ¡Lárguese de aquí ahora mismo!”, gritó de forma destemplada. Y me fui. Nunca me habían botado de un sitio así. Me fui pensando lo siguiente: con esa forma de manejar el coraje, ¿tendrá el amigo el éxito que le auguré dos días antes? No sé. Obviamente, en los días que me quedaban en Madrid no volvía a pasar por la pizzería aquella. ¿Conocen a alguien que por un incidente así cambie de personalidad tan dramáticamente y se le salga el dinosaurio que lleva dentro? Si quieren contar sus historias, bienvenidas sean.

Exprésate

  • Silverio Pérez

    Escritor, Músico, Motivador, Compositor, Host de Radio y TV.

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